Cucharas y emprendedores

cuchara de sopa

Una cuchara, ¿y qué?

Hemos dejado de reflexionar sobre la importancia de la cuchara en nuestra vida cotidiana. Nadie escribe libros, ni imparte cursos, ni da conferencias en TED, ni siquiera se escriben post, en ningún blog, sobre la significación económica, o la innovación en el diseño, ni sobre el beneficio cultural de la cuchara.

No concebimos al mundo sin cucharas.

En la sociedad contemporánea está tan firmemente arraigado el uso de la cuchara que no pensamos en ello. No concebimos el mundo sin cucharas; seguramente si creamos una lista con los 50 objetos más importantes para nuestra vida cotidiana, en uno de de los primeros lugares estaría: la cuchara.

De igual manera, un día, el tema sobre “emprender y emprendedores” será algo tan obvio y cotidiano que no llamará particularmente la atención de nadie.

Seguramente, si la pobreza y el desempleo no fueran factores que van cobrando una dimensión tan extendida en la actualidad, el “emprendedorismo” se volvería un tema “menor” para la política, la investigación y la educación.

Es más, si el “emprendedorismo” no fuera un tema “políticamente correcto” para los académicos y no estaría en el foco de los políticos para aparecer en los medios, sospecho que tampoco ocuparía tanto espacio en los medios, ni contaría con tanto presupuestos públicos destinados a su difusión.

El “espíritu empresarial”, como tema académico, mediático y político, tomó mucha relevancia a principios de la década de 1990 y se asoció, como un concepto genérico, al desarrollo social.

Aunque cabe reconocer que las investigaciones sobre el desarrollo empresarial han proporcionado conocimientos necesarios para formular políticas y tomar decisiones para el desarrollo social; pero al mismo tiempo, hay varios supuestos básicos sobre la actividad empresarial que no se han logrado explicitar.

UNO. No se ha logrado crear un cuerpo de indicadores capaces de medir, con neutralidad, el impacto a largo plazo de las intervenciones públicas para promover a la iniciativa empresarial. Tampoco, se han establecido criterios confiables para predecir como vincular diferentes perfiles de personalidad con rubros de actividad empresarial, suficientemente adaptables a diferentes “ecosistemas” socioculturales; aún hay demasiada disparidad de criterios sobre cómo estimular el “espíritu empresarial” a través de los diferentes rangos etarios y de las cadenas de valor regionales.

DOS. Hay una tendencia muy marcada a concebir al “espíritu empresarial” encarnado en individuos, a pesar de que la mayoría de la acción empresarial se lleva a cabo por varios individuos que interactúan en grupo.

TRES. El “espíritu empresarial” usualmente se presenta empíricamente definido como competencias para la creación y puesta en marcha de nuevas empresas, lo que excluye una amplia variedad de acciones empresariales que se producen dentro de organizaciones existentes tales como la creación de nuevas líneas de negocios o el desarrollo de nuevos productos o servicios.

CUATRO. La mayoría de investigaciones se centraron originalmente en industrias tradicionales y en los últimos 10 años se está prestando más atención a las “startup” tecnológicas, pero en ambas corrientes siempre se asume que “el emprendedor” es un varón de entre 20 a 35 años de edad con un perfil estereotipado con rasgos de personalidad pocas veces frecuentes de encontrar en el mundo real de las empresas contemporáneas; lo que implica un descuido de acciones empresariales realizadas por mujeres, las minorías étnicas y también hacia muchas nuevas empresas culturales o servicios públicos tales como la educación, la salud, el transporte o la seguridad.

Concebir a los emprendedores en el mundo.

Toda esta reflexión no apela a volver a escribir sobre las cucharas; apunta a la necesidad de renovar la investigación sobre cómo estimular el “espíritu emprendedor”, tanto por la renovación de las perspectivas teóricas, como mediante la inclusión de nuevas bases empíricas y su aplicación en el desarrollo emprendedor de la sociedad contemporánea.

Debemos partir del supuesto básico que el “espíritu empresarial”: es un constructo creado por gente interactuando con otra gente.

En teoría, el “espíritu empresarial interactivo” implica una perspectiva social constructivista que debería, pues, considerarse como una construcción en la interacción social, a través de distintos procesos sociales organizados por la gente integradas redes que vinculan individuos, equipos e instituciones.

Esto significa un enfoque centrado en la acción colectiva de los miembros de una sociedad y no de las características de comportamiento de los individuos.

El constructo “emprendedor” resulta de interacciones inter-subjetivas que tienen lugar en contextos sociales. En consecuencia, las capacidades para emprender pueden ser estimuladas y modeladas en el marco de las organizaciones formales como las escuelas y las universidades.