Saber escuchar

“Es imposible cantar y comer a la vez”, dicen los cantes; de igual manera como que es imposible hablar y escuchar al mismo tiempo. Entonces, puede parecer conveniente: mantener la boca cerrada.

Mark Twain advertía que hay que prestar mucha atención al leer un manual de instrucciones de un serrucho porque por un error de imprenta: puedes perder un dedo. De igual manera un buen consejo o una oportuna sugerencia, puede carecer de valor sólo porque no se la ha escuchado apropiadamente.

Es simple: hay que reconocer que para lograr un objetivo, depende de la atención que se ha puesto en escuchar a los demás.

Saber escuchar

Suponga que usted posee un automóvil de competición y se propone circular través de la calle más transitada de su ciudad en la hora pico. Usted puede acelerar a unos 280 ó 300 km/hr en pocos segundos, pero ocurre que el tránsito está atascado o avanza muy lentamente. Pues bien, sepa ahora que la capacidad física e intelectual de un sujeto normal es escuchar cerca de 480 palabras por minuto (ppm) pero, verbalmente, puede expresar menos de 120 ppm.

De tal manera que “el equipo” sufre un desajuste de la velocidad de procesamiento con un valor de 4 a 1.

caperucita y el loboLa capacidad ociosa entre «lo que se escucha» y «lo que se puede procesar» conduce, en general, a que nuestra mente divague discurriendo hacia “posibles respuestas”, “evocando recuerdos” o simplemente “pensando en otras cosas”.

Concentrarse en lo que se escucha es eso: ajustar nuestra capacidad de escuchar, con el caudal de información que puede transmitirnos nuestro interlocutor.

El balance ayuda a concentrarnos en lo que se nos dice y no en lo que evocamos con aquello que suponemos que se nos está diciendo. (Lea y procese por sílabas: con-cen-trar-nos-en-lo-que-se-nos-di-ce-y-no-en-lo-que-e-vo-ca-mos-con-a-que-llo-que-su-po-ne-mos-que-se-nos-está-di-cien-do).

La intensa concentración en el mensaje que recibimos puede verse facilitada por acciones muy simples; haga su propia experiencia:

  1. Mire fijo a los ojos de su interlocutor.
  2. Adopte una postura física lo más erguida que le sea posible.
  3. Formule preguntas (sobre todo sobre los términos o palabras en los que dude su significado).
  4. Procure abstraerse de los ruidos y sucesos que ocurren en torno de quienes están conversando.
  5. Preste atención a los tonos de voz, los gestos y posturas corporales de su interlocutor.

Las personas que se complacen dialogando saben esperar los silencios.

Una imagen que me gusta mucho porque se aplica a muchas cosas simples e importantes de la vida como emprender, fracasar, tener éxito, o saber escuchar: escuchar es como ocurre en la música, los sonidos sin los silencios resultan ser un ruido.

No es necesario responder inmediatamente. En muy pocos segundos una persona intelectualmente normal puede elaborar una respuesta o una reflexión ante lo que acaban de decirle. Es natural que en una conversación se produzcan silencios y nada obliga a nadie a responder inmediatamente algo.

Tener disposición para escuchar

El tiempo que se destina a escuchar a los demás es una inversión que se traduce en beneficios concretos.

Cuesta reconocerlo, al principio, pero uno suele escuchar a los demás no solo como un gesto de “buena educación” o “cordialidad” sino que el escuchar y comprender lo que se nos dice proporciona información necesaria para mejorar nuestro propio desempeño.

Lo peor que puede pasarle en contra de sus propios intereses, al escuchar a su interlocutor, es que sus propios prejuicios o “conclusiones anticipadas” distraigan su atención hacia lo que usted desea defender en lugar de considerar los argumentos que esgrime su interlocutor.

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